
Le mandé un mensaje: subí, la puerta está abierta…Escucho sus tacos ascender con lentitud por las escaleras. Percibo el sonido del campanilleo de su celular a la distancia. Mis ansias crecen desbocadas. Continúa ascendiendo, siempre evita tomar el ascensor, como una gacela ciega de sangre que enfrenta aturdida a su cazador. Entra. Todo se encuentra a oscuras. Había dejado unas velas en el living, la lumbre nos deja en penumbras. Avanza. Se encuentra desconcertada. Escucho su ansiedad. Me acerco con sigilo por detrás. Tapo sus ojos. Susurra algo que no le entiendo. La silencio con un beso penetrante, succionante. Mi lengua recorre toda esa caverna perfumada. En su lengua tiritante y ardiente constato el nivel ilimitado de su excitación.
Comienzo a pasarle mi lengua por su cuello suave y acaramelado, mientras la despellejo de sus ropas. Una remerita verde. Su corpiño blanco con dibujitos. Me detengo como un experto orfebre en sus pechos. Jugueteo goloso con sus pezones morados. Los succiono queriéndolos seccionar. Los muerdo. Se endurecen como si fueran dos ciruelos. Carcomo la globalidad de sus prominencias sensuales. Desciendo con parsimonia hasta detenerme en el pircing que yace celoso en su ombligo de ninf, como un recluso en su almena. Desprendo el botón de la mini. La dejo desnuda. Su morenez irradia una pureza que me comprometo a macular descontroladamente. La coloco de espaldas. Mi lengua trapisondea ese tobogán bendito. Ella arqueándose como una gatita abandonada. Su espalda se encuentra en ángulo recto con la pared. Desciendo hasta penetrar el oráculo escondido por su cola de felpa perfumada. Mí lengua lubrica y succiona su ojo ciego y prohibido. Continúo hacia su vulva. Su pequeña cavidad rasurada ebulliciona un líquido agridulce. Le introduzco mi escarpelo lingual. Me encuentro hipnotizado por ese sexo húmedo que me absorbe. Estoy en cuclillas sorbiéndolo desesperado con una devoción sacra. Me prolongo obsesionado mientras mis dedos presionan sus muslos firmes. Regreso a la posición homínida. Mi glande moja inquieto la carne morena de su cola, como un pintor que está inventando una nueva técnica. Humedezco mis dedos. Se los introduzco en su caverna lujuriosa que para esas alturas se encuentra completamente mojada. Entran y salen. Salen y entran. La estrechez de esa ostra anangelada pone mi vástago en un clímax insoportablemente placentero.
_ Meteme un…de…di…to en la…co…la, me pide entrecortando las palabras entre gemidos delatores y clamores elocuentes.
Se lo introduzco. Su gritito agónico me produce un goce profundo y la sensación de que la operación esta siendo acogida con idénticas sensaciones. Me vuelve loco percibir su goce descontrolado. Estoy desbocado por ese entrar y salir de mis dedos por sus dos sacrosantos orificios carnales. Dos sagrarios perfumados. Un jugueteo goloso con los que mis dedos perturbadores buscan borrar los límites de lo esperable. Una doble masturbación irrefrenable. Me arrodillo. Continúo la operación. Le muerdo la cola. Sus dos voluminosas carnes tiemblan con cada bocado. La marca de mis dientes se afincan en esa piel de seda acondicionada para mi desvarío errante. Esa cola es mi trofeo y quiero penetrarla. Ella sabe que intentaré la conquista de lo que hasta ahora mezquina celosa, por miedo al dolo. Al agrietamiento de la telilla de ese ano virgen, inapropiado.
En la mesita dejé el Champagne. Del balde saco un hielo. Se lo voy pasando por la espalda. Empiezo desde la nuca. Ella va arqueándose a medida que el gélido instrumento se desliza por su columna desamputada. Vuelve a aparecer la gatita que reclama una penetración urgente. Detengo el pequeño témpano en el orificio ciego y prohibido: la ausencia virgen de conquistas y temblores. Presiono fuerte procurando anestesiarlo para que el dolo sea soportable. Su ojo esquivo y preciado goza de la sensación gélida. Grita y gime. Son entrecortados y como si estaría desfalleciéndose de placer. Me pide más.
_ Penetrame…meteme la pija en la cola…haceme vibrar…Negro…
_ No te lo mereces, Nena. Me hiciste esperar mucho tiempo. Además tenés una cola horrible, no mereces que le haga nada, no sirve. Le respondo.
_ Por favor… Negro…rompeme toda…quiero ser tu esclava…Quiero sentirla…sen-tir-la a-dentro. Haceme tuya. Adueñate de mi cola.
Detengo un rato el placer de querer clavarle mi bastión de mando. Me encanta cuando me ruega golosa. Dilato el momento lo más que puedo. Mi anguila palpita descontrolada. –siempre tubo vida propia, eso las mujeres no lo entienden, creen que es posible controlarla-. Dilato el momento esperando que ella dilate su ojito virgen. Tengo que esperar a que se derrita de placer y no de más. Que alucine la pija y la añore adentro por cualquier parte de su cuerpo. Que lo único que quiera sea apretujarla y devorarla. Al hielo, casi derretido se lo dejo ahí esperando algo más grande, duro y cálido. Agarro otro y se lo paso por la vulva. Es un canelón gélido. Recomienza su ciclo de gemidos y casi que empieza un aullidito tierno. Cada vez se arquea más y me muestra sus dos orificios en una posición que parecen dos botones floridos esperando la inauguración gloriosa. Se lo regreso a su cola nuevamente. Cuando vuelvo a sentirlo frío y desbordado retorno a su vulva. Sin prolegómenos se lo meto en su ostra húmeda. En un momento se resiste y lo quiere expulsar. "No Nena, hasta el fondo". Se lo digo y le empotro. Hace el amague de incorporarse, pero la mantengo en la misma posición. Se queja de placer. No da más. En eso mojo el instrumento con gel y se la pongo ahí, en la caverna prohibida. Bien empotrado. Intenta otra vez pararse. "Para, Negro, para que me duele". Me dice. "Cómo que para, no es que la querías adentro, ahí la tenés…"
_ Si, pero…me…due...le…hay…hay…haaayyy.
Ya entró casi todo el animal hambriento. La poseo. Es solo mía. Soy su único amo. Se entrega. La estrechez de su ano amarra mi pija fuertemente. Mi glande desbocado golpea sus entrañas con gozo perturbado. Me siento probando el placer de los dioses. Lo más exquisito. Lo más sagrado. La pasión perdiéndose en su túnel bendito. Una catacumba de placer donde dejaría mi osamenta echa jirones. Derrapando mis harapos. Perdido, prendiéndome. Abotonado a esa cola fenomenal. Vibra. Bellaquea. Se mueve. Como si fuera una potra salvaje que la quiero domar y no se deja. Nunca se dejará. Lo sé. Lo presiento. Me hace creer que soy su amo, pero me siento un pobre esclavo dependiendo de su placer, de su entrega, de eso que me ha penetrado.
_ Ya basta…Negri…me duele…
Paso por alto sus quejas y ruegos. No puedo parar. "Ahora no puedo parar, nena". Presiono mi pelvis, mientras con mis manos en sus hombros intento que siga en esa posición tan excitante. Doy vuelta su rostro. Quiero verla mientras la poseo. Quiero ver en su cara gozar y gemir. Voy introduciéndole mi pija, caliente y hambrienta. Carcome su ano, lo defenestra con elocuencia real. El orificio de su cuerpo, antes imperturbado, ahora ruega por un descanso eterno. Saco y entro. Entro y saco. Bajo mi mano y se la introduzco en su vulva desfalleciente y celosa. La cojo doblemente. Estamos casi exhaustos. El culmen del placer. El bombeo se hace cada vez más rápido. Cada vez con más furia. Ahora es su cola incontrolable la que con saña aprieta mi sexo extraviado. Mi glande se inflama y quiere desbocar ese cofre de perlas negras. Me voy desvaneciendo. Pero todavía no avecino la erupción de escorpio. Le rezo a Esculapio. Ella aprovecha ese momento de debilidad. Se suelta. Se saca el pañuelo de los ojos. Me tira en el sillón carmín. Estoy alucinando de placer. Me agarra la trompa. Se la engulle. Se la quiere devorar. Se la devora. Está enloquecida. La chupa. Me la muerde. Grito. Me da pequeños mordiscos en el glande. Son como mini electro schock, insufribles. Una deliciosa tortura. Se la chupa, al tiempo que la garra con furia, como queriéndola arrancar de cuajo. Estoy totalmente entregado. Me coloca un anillo de plata en la base del miembro. Me duele una enormidad. Siento como si fuera a explotarme en cualquier momento. Se les notan las venas con claridad. Las absorbe golosa. "Así me gusta, ahora serás solo para mí". En su voz no había placer. Estaba como desquiciada. Percibí una literalidad amenazante. Se me sube encima y ahora es su vulva la que me engulle el entramado cárnico, enhiesto y desaforado. Alucino como si estuviera por fuera de mi cuerpo. Ella está enloquecida. Cabalga. Monta y remonta la cabalgata de la verga, que no atina a otra cosa que a dejarse engullir. Estoy destruido…Siento que entre los testículos y el falo se acumula el líquido perlado sin poder salir, como si le hubiesen tapado la entrada a un río. Quiero llegar y no puedo…"Haggg…siii…haggg…"Quiero inundarla…No puedo. Ella sigue cabalgándome poseída, ciega. Vibra toda su piel. Pasa su mano izquierda por detrás de su espalda y bruscamente presiona mis gemelos testiculares. Una presión seca y bruta. Los oprime y comprime. Siento que me desmayo del dolor. Cuando no doy más, intenta aflojar el anillo. Percibo algo de alivio. Pero no lo puede hacer del todo. "Quiero tu leche. Quiero tu leche". Deja de engullirme. Se suelta un momento. No puedo ni si quiera pararme. Lame la verga y va desenvainando el aro. Una catarata verborrágica de semen le inunda la cara. Goza. Sus ojos están desorbitados. Mientras sigue carcomiendo mi glande y la pija completamente.
Se va. Respiro aliviado. Siento una puerta. Supongo que va al baño a lavarse. Ruego que me de un poco de respiro. Creo que me duermo un poco, no se. Creo que si. Abro los ojos y veo que la Negra se acerca sigilosa, como una pantera que espera devorar a su presa. Una presa indefensa, inutilizada. Camina adueñándose de la vida. El momento es suyo. Es su conquista. Hace rato tiré la toalla. Lleva las manos detrás de la espalda, escondiendo algo. Así va acercándose al sillón. Se arrodilla. Adora una vez más mi sexo, ahora con suavidad y ternura. Se incorpora y ata mis manos a mi espalda. Regresa a la adoración de mi carne todavía enhiesta, pero demasiada sensible. Mientras me enseña un pequeño cuchillo y con su sonrisa seductora me dice:
_ Ahora él, será mío, para siempre…
Federico Soler





